lunes, 30 de enero de 2012




Cierro los ojos y contemplo un paisaje. Junio. El deshielo. Pájaros negros como gigantes cuervos dominan majestuosos las corrientes de aire. Sobre este promontorio en que me hallo, al borde del precipio, recobrar el equilibrio a cada golpe de viento, me provoca esa gozosa sensación de vértigo en el estómago. Esta mañana la estepa, y al fondo las montañas, se muestran sublimes ante mí. Si me detengo a analizarlo, me digo a mí misma que será por la luz, por los colores del cielo. El sol de la mañana hoy produce un efecto especial: sobrecoge y atrapa, como la picadura inmovilizante de algún insecto exótico. Es una luz que rebosa la novedad del día. Así debió ser el día primero. Con voluntad, me concentro para intensificar la emoción que me produce el horizonte, físico y lejano. Y no defrauda; no como los sueños largamente soñados y al fin cumplidos. Y así como una cifra puede ser dividida infinitesimalmente, esta instantánea podría atraparme y sumirme para siempre en la experiencia sensorial que... (Uff!, sinceramente, no sabía qué escribir para meter algún tema de Husnu Senlendirici, caray. Nunca ha estado en Turquía, pero alguna estepa habrá, digo yo, por pequeña que sea, y algún trozo de hielo se fundirá en junio, aunque sea en el té caliente de algún vasito de cristal tallado. Y los pájaros, bueno, a lo mejor son cuervos. Y con respecto a los sueños, pues ¿qué puedo decir?, el que gusta de la vida, siempre se las ingenia para mantener un sueño inalcanzable.)

M.G. 03-05-10