lunes, 30 de enero de 2012

Pinar en la Pedriza

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Crepitan las agujas de los pinos bajo mis pies pausados, las ramas desprendidas con penachos de líquen y retazos de corteza con musgo. Alejada del sendero, perdida de mí misma y encontrada por estos recios árboles que vigilan mi incursión solitaria. ¡qué magníficos e inhiestos ejemplares!
Un haz de luz que llega hasta una gota de resina hace relucir su transparencia de oro y brilla, como una tentación de miel amarga o lágrima ambarina de una pena de árbol que brota de su centro. Festival en su tronco de rojos y marrones, de hendiduras y capas, de lisuras y grietas.
Con los ojos cerrados, acaricio este tronco de pino y ocurren sus texturas, de corteza, de escamas, de vegetal soberbio en las palmas confiadas de mis manos. Aquí la está la resina, puedo olerla y sentir su tacto pegajoso entre los dedos, casi líquido, templado aún por el calor que acaba de dejar el mediodía.
No es ésta una sombra total que me cobija. Sombra, sí, pero se filtra un sol todavía alto y me llega discreto y tamizado, a través de la masa de agujas en las copas tupidas. Brilla el polvo mecido por la brisa y brillan los insectos debutando en sus vuelos y zumbidos.
Un cuco lejano da la hora del bosque, y sobre mí algún pájaro, a resguardo en sus alturas, alegre y confiado, me regala su trino indescifrable. Zigzaguean en parejas mariposas azules, así como zigzaguean mis pasos evitando las ramas de las zarzas, sus espinas nuevas, ocultas entre helechos.
Salpicado está el bosque por moles redondeadas de granito, vestigios de prehistoria que bordeo, buscando la fantástica entrada a submundos de cuento. En una de estas rocas, que se ha resquebrajado tal vez antes de aparecer el bosque mismo, y en una de sus grietas, se ha consolidado la fuerza de la vida, y ha crecido un enebro, de tronco ya leñoso.
Un arroyo que baja le regala a esta estampa su sonido de agua, su aroma de humedad y a sus veredas vida, que se traduce en verdes suculentos, concentrándose las formas y especímenes. Qué nítidas las piedras bajo el agua, mojados sus colores.
Aspiro enardecida la gracia de este bosque y quisiera llevármela en el pecho. Ah!! desear poseer... ¡cómo te pareces al amor!!
Y entonces me doy cuenta de que es el bosque así como me gusta. Tan suyo, en su lugar y ajeno a lo que existe más allá de sus lindes. Reducto refrescante y arraigado. No quiere oír hablar siquiera de pasiones flamígeras. Y vive de las savias que fluyen de la tierra, para erigir sus miembros hacia la luz del cielo.
M.G.