lunes, 30 de enero de 2012

Melancolía


Acababa de despertar de un breve sueño, y a medida que recuperaba la vigilia, adquiría una gradual consciencia de una infinita melancolía. Esa vieja sensación que le era tan familiar, tan suya. La misma que la asaltaba en la niñez por las tardes en que hacía los deberes en el cuarto de estar y miraba a su madre coser, sin que ésta se diera cuenta, sentada en aquella silla baja de enea. La misma que en la adolescencia la llevaba a encerrarse en su habitación a escuchar la radio y a manipular veloz la grabadora de casettes al escuchar alguna canción que le traía recuedos. O con la que volvía en el coche con su marido, ambos en silencio, de aquellas excursiones relámpago de domingo. Por ese motivo no achacó aquella melancolía al hecho de reconocerse mayor en aquella estampa puntual: recién despertada de una intempestiva siesta, sentada en ese artículo de adultos que es un sillón de orejas, los pies en alto sobre el baúl apoyados en un cojín, la novela en el regazo. No podía recordar si había soñado, pero se sentía como si le hubiesen arrebatado de golpe algo muy valioso o no hubiese sido cierto. Bien podía haber sido un sueño de amor. De un dulce amor consolidado.
A través de los cristales miró al cielo, atraída por los gritos de los pájaros que revoloteaban en círculo con sus picos abiertos, y contempló el atardecer, evocado en los destellos de la luz rosada de poniente, reflejada en el pecho blanco de las golondrinas.

M.G. - 03/05/10