"La Quimera de Arezzo"
Mi padre le compraba libros a un señor que iba por las casas. Yo recuerdo que aquel hombre nos mencionaba mucho a mi hermana y a mí en sus conversaciones con mi padre, sentados todos en el comedor, mientras trataba de venderle todo tipo de enciclopedias y libros de consulta. “Que si las niñas necesitan crecer en un hogar con libros”, “que si las niñas esto”, “que si lo otro”.
Mi padre le compró, entre otros, dos grandes volúmenes sobre historia del arte y aunque la mayoría de las fotos eran en blanco y negro, periódicamente se sucedían unas láminas en color a toda página, protegidas con una hoja de papel cebolla que las precedían. En una de ellas aparecía la maravilla etrusca llamada “La Quimera”, una escultura de bronce datada aproximadamente del siglo IV a. C., encontrada en unas excavaciones en la Toscana, por el XVI, y que representa una criatura animal mitológica. Aquella pieza, sin que llegara a ser en ningún modo temor, despertaba en mi imaginación las más fantasiosas fabulaciones. Recuerdo perfectamente haber llegado a levantarme de la cama, en mitad de la noche para volver a mirarla. Me tenía fascinada.
Muchos años después, en Roma, aquel verano de 2003, que hizo tanto calor en Europa, a 44ºC y una tensión arterial por los suelos, no sé ni cómo accedí a acompañar a Olimpio a visitar “Villa Giulia”, en las horas de la tarde que los otros habían decidido sabiamente retirarse a disfrutar del aire acondicionado en las habitaciones del hotel.
Por un módico suplemento convenimos en visitar también una exposición temporal de piezas provenientes del Museo Arqueológico de Florencia. Recorrimos primero las salas de aquella villa, recreándonos en los detalles de aquellos restos antiquísimos, cerámicas decoradas en rojo sobre negro y negro sobre rojo, la dulce pareja etrusca sobre el sarcófago y otras muchas maravillas. Al llegar a la exposición temporal, cuál no sería mi sorpresa que allí se encontraba ella, soberbia, lustrosa, la original “Quimera de Arezzo”. ¡Si el mundo será grande y lleno de museos! Y allí me topaba por casualidad y sin buscarlo con uno de los fetiches de mi infancia. Le relaté conmovida a mi amigo mis recuerdos de niña sobre aquella escultura.
El continuó la visita y yo permanecí largos minutos absorta contemplándola, apoyada en la pared porque apenas me soportaban las piernas del cansancio, del calor, de la emoción desatada por el poder que tienen los recuerdos que se presentan tan de improviso.
Al cabo del rato decidí por fin continuar mi camino y allí quedé aquella Quimera mía, la de Arezzo, digo, porque quimeras, lo que vulgarmente conocemos por quimeras, también aparecen por doquier y de improviso, pero no siempre es tan fácil dejarlas atrás.
M. G. - 03/05/10
