lunes, 30 de enero de 2012

P.

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_Ellas sobran_ hemos podido decirnos en silencio cualquiera de las tres. Tres mujeres y tú, paseando por la playa, dejando atrás el entarimado que parte del bulevar y acercándonos a la arena mojada que lame el mar. Al otro lado, nuestro hotel y el resplandor de la ciudad en la noche. Un paseo marítimo con luces de Navidad es algo extraño para alguien de interior, acostumbrada a caminar bajo campanitas y hojas de acebo luminosos, pero entre escaparates, como piezas inseparables de un decorado formal. Hay una hermosísima luna recién despegada del horizonte. No está arriba, lejana, celeste. Es una luna a nuestro nivel, hermanada y terrestre. No hace falta admirarla desde abajo, sino al frente. Siento un escalofrío, pero no es por la brisa del mar; es que te miro de reojo y se me ocurre pensar, qué tontería, que pudieras ser el hombre de mi vida. Te le pareces tanto...
Las olas son discretas y rompen quedamente. Y la espuma se desvanece en la arena una y otra vez, ola tras ola, siglo tras siglo. Hace una eternidad que nadie dice nada, y no seré yo quien rompa la magia del instante y menos con la chiquillada que se me acaba de ocurrir. Pero el júbilo me devuelve la espontaneidad que va robando el paso de los años.
_ Parece que hubiera un banco de sardinas justo ahí_ y señalo el romper de la ola en la franja de agua que ilumina la luna. Es un romper de plata.
_ Riela _ dices con una boca que sonríe.
_ ¿Riela? ¿qué es eso? _
_ El brillo de la luna en el mar _
(Pienso: ¡ah, sí! Como en los versos de Espronceda. Me apuesto el cuello que eres profe de literatura. Anda, recítame a Espronceda)
Yo me habría quedado allí contigo para siempre. Ya sabes como somos las mujeres cuando nos aletean las maripositas esas. Pero las otras dos llevan zapatos de señorita y están deseando volver al entarimado a quitarse la arena. Yo, con mis botas camperas blancas, me habría quedado allí contigo para siempre. No supe entonces que, para empezar, no te gustan las chicas con look de cowboy. 

M.G - Enero 2007