lunes, 30 de enero de 2012

Dirección obligatoria

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Esta tarde decido ir, aunque no sé muy bien a dónde voy. Viajo sola (como viajamos todos en realidad) por esa carretera rectilínea, legendaria, custodiada por los postes de la luz. Una y otra vez vuelve a mí, fiel, la emoción del vértigo en cada cambio de rasante. El coche de esta tarde es viejo y cochambroso, y apoyo el antebrazo en la ventanilla bajada, como siempre soñé que haría cuando aprendiera a conducir. En la guantera he encontrado unas gafas de espejo que no me quedan del todo mal. Un sol fucsia se une deformado a un horizonte que aún no llega a ser tangente y el aire se refresca por momentos. A ambos lados se extiende algo parecido a un desierto, pero no lo es. Es un espacio surcado por las carreteras solitarias de los otros. M.G.



 sept-2007