Como. (Hay que ver el juego que da una latita de calamares en su tinta con un poco de arroz blanco). Bebo una copa de Diamante muy frío (en el Hiper Usera de mi barrio está a 3.69 euros). Escucho a Ryuichi Sakamoto (por cierto, el segundo disco de “Playing the piano” es infumable). Satisfago mis apetitos más sencillos, en definitiva. He limpiado la casa, todo está en orden. Son las 15:30 horas y ahí fuera por donde entra tanta luz, debe haber 40 grados por lo menos. ¿Qué estarás haciendo tú en este preciso instante, con estos calores? Apenas pienso en otra cosa que en ti. Uno se enamora, y empieza a vivir una relación de dos en su 50%, que es uno mismo. Uno mismo deseoso de otro. De otro que inventa. Y rellena huecos de información y los colorea, sometido involuntariamente al interés de la madre naturaleza que nos empuja a mezclarnos los unos con los otros. Como si alguna inteligencia superior y primigenia hubiera designado que ha de nacer alguien en concreto. Y el instinto de apareamiento perdura incluso después de la edad fértil. Qué locura. A veces imagino que te hago el amor y siento que podría entenderlo todo en ese instante preciso en que, paradójicamente, todo importa un carajo. En ese instante de renuncia absoluta. Esa pequeña muerte, que llaman.
El maldito instinto de apareamiento que nos lleva a creer que dos universos personales pueden simultanearse en el tiempo y el espacio.
Me encantaría espiarte mientras duermes la siesta. Te imagino en la penumbra de algún cuarto desordenado. Desnudo. Pesado. Inerte. Inofensivo.
M.G.
El maldito instinto de apareamiento que nos lleva a creer que dos universos personales pueden simultanearse en el tiempo y el espacio.
Me encantaría espiarte mientras duermes la siesta. Te imagino en la penumbra de algún cuarto desordenado. Desnudo. Pesado. Inerte. Inofensivo.
M.G.