viernes, 3 de febrero de 2012
Córdoba.
El alcázar de los Reyes Cristianos - Córdoba - Sept/2010
Discurro por la tarde plomiza a través de una recta de dos carriles. Nacional IV. Con cierta pena he barruntado el otoño al pasar Despeñaperros, y en este justo instante un indolente sol, como quien hace su trabajo de siempre pensando en otra cosa, se entrega al horizonte, medio oculto por unas nubes tan lejanas que parecen tocarle. El artista de hoy define los contornos de las formas con colores y sombras imposibles para un cielo verdadero. Juraría que este ocaso es fingido.
Vuelvo de Córdoba, que resulta perfecta para escaparse en vacaciones unos pocos días entre semana. Tiempo suficiente para visitar sus atractivos emblemáticos, pero muy pocas tardes para perderse por sus calles estrechas, después de degustar el momento sublime de dar por concluida la inquietud turística, y acabar guardando el plano en la mochila. Cuarenta y tantos grados a mediados de septiembre lo dicen todo de un clima que conforma su civil hechura arquitectónica. Espacios estrechos y sombríos entre blancas paredes encaladas. Suelos de empedradas geometrías cuya contemplación te ayuda, mientras caminas cabizbajo, a no pensar el calor. Y de pronto, como en reacción tardía, vuelves uno o dos pasos para mirar hacia la luz que has visto al fondo de una antesala oscura: has sido arrebatado por un patio.
No hay dos patios iguales, aunque los elementos que lo integran sean siempre los mismos: la profusión de tiestos por el suelo, paredes y columnas, conteniendo a menudo inverosímilmente la fuerza de la vida, coloristas azulejos con su cenefa horizontal añil a media altura, y a menudo el agua, en lo hondo del pozo o manando del surtidor y sonando como el canto bajito de una boca contenta. A veces, algún pájaro enjaulado, una silla de enea, un juguete caído. El patio es un paréntesis urbano, un jardín desmontable, un oasis ajustado al presupuesto. Un claustro humilde y laico.
Y después la historia, ¿cuántas manos han sentido la frialdad del mármol en el interior de la Mezquita durante tantos siglos? Aún es húmedo el aire en los Baños Califales, y parece escucharse al rabino musitar la Toráh en la Casa de Sefarad. ¿Qué romances atestiguan los trece hermosos patios del Palacio de Viana, o los estores de esparto colgando en sus balcones, dando sombra a los cuartos en las ardientes horas de la siesta? Tras cruzar el Guadalquivir por el puente romano para visitar la Torre de la Calahorra, el progreso nos permite escuchar a Averroes, Maimónides e Ibn Arabi argumentar sobre Dios, el amor y la razón, las cuestiones eternas. En otra pequeña sala cuyo techo reproduce la cúpula de la Maqsura de la Mezquita, unos músicos ocultos reproducen virtuosos los sonidos del Al-Andalus.
Esta mañana cayó una fugaz tormenta de verano, mientras paseaba por los jardines del Alcázar de los Reyes Cristianos. Las gotas asentaron el albero y el aire agitó las ramas del jazmín que en septiembre, algo ajado, exhala un perfume tardío. He reinado por un instante Córdoba.