viernes, 3 de febrero de 2012

LA DECISIÓN.

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La razón me impide creer en eso que llaman "instinto" como un impulso inexplicable que nos inclina hacia algo o nos hace temerlo. Estaría más conforme con creer que se recibe de forma inconsciente una información a cerca de una cosa o persona, y a partir de ahí, el presentimiento. Tal vez sea un conocimiento ancestral sobre las formas, no aprendido por el individuo, sino adquirido como una herencia transmitida de generación a generación a través de la sangre misma. O algo así.
Si dijera que el instinto me dice que Asterión miente al referirse a los fosos insalvables del laberinto, tal vez sea porque es un hecho, por todas nosotras conocido, que no le gusta que merodeemos por la torre Este: el único lugar del palacio desde donde se distingue con claridad todo el entramado de los muros y corredores (aunque no el piso), y desde donde sería sólo cuestión de tiempo identificar el camino de salida. Él cuenta que mandó construir los fosos cuando aún la isla era visible y desde el puerto cretense de Heraclio osaba embarcar, de tiempo en tiempo, algún alma aventurera en busca de gloria, a quien Asterión tenía que acabar matando, y hace siglos que Asterión evita matar.

Sólo hace unos días que he tomado la decisión de abandonar el palacio para dejar de ser inmortal, y no se me ocurre todavía mejor forma que atravesar el laberinto. Planearlo será un proyecto largo y tal vez me desanime la perseverancia, paciencia y sigilo que requiere, pero cada vez que lo pienso, que es casi a cada instante, crece dentro de mí una exacerbada sensación de haber encontrado un sentido para seguir viviendo. Cuando todo esté listo, enfrentaré la soledad y la muerte, y si consigo salir del laberinto, una suerte muy incierta. Qué paradoja: el sentido último de la vida lo encontramos en la certidumbre de la muerte.
M.G.H.