viernes, 3 de febrero de 2012

Gentes

                                             Oreja de Mar (Boreal 2007- Flickr)


Al año siguiente me fui al Algarve la misma semana de Enero en que nos conocimos, con la esperanza de volver a verlo, cosa que no ocurrió.

Del viaje anterior, volví a coincidir con tres de las chicas que se sentaban en la misma mesa que nosotros en el restaurante para cenar, y venían también después con el grupo que formábamos para salir a tomar copas, pero en este viaje, apenas entablamos alguna breve conversación por cortesía debida en encuentros casuales, casi siempre frente al autobús cada mañana antes de subir, mientras esperábamos al conductor y los guías. La verdad es que de las dos chicas que venían juntas, profesoras de primaria, una de ellas no me caía bien. Aquella que había expresado su desprecio por los famosos que venden exclusivas y no entendía que luego se ofendieran tantísimo y se cabreraran con los paparazzis cuando les fotografiaban sin permiso o les acosaban para preguntarles sobre su vida privada. Su amiga, en cambio, había expresado su opinión al respecto argumentando que violar a una prostituta no era menos delito por el hecho de que esta mujer vendiera su cuerpo cuando le diese la real gana. A mí esto me había parecido bastante razonable. Esta otra chica, además, tenía a mi juicio una gran virtud: cuando le hablabas ofrecía una atención muy terapéutica, de ese tipo de escucha activa que enseñan en los cursillos relacionados con la inteligencia emocional y ese tipo de cosas. Al hablarle te miraba atentamente, y cuando dejabas de hablar había un gesto apenas perceptible en ella como de descanso. La tercera era Ángela, aquella peculiar mujer que nunca había dicho con claridad a qué se dedicaba, creando además cierto misterio premeditado en torno al asunto.

En el largo viaje de vuelta a Madrid, me dio por cavilar sobre algo que me había ocurrido en una de las excursiones de aquella semana. Habíamos parado para comer y descansar un rato en una pequeña cala de arena muy fina unos kilómetros más allá del cabo de San Vicente. Después de un rato, algunos se habían acomodado para echar alguna cabezada bajo el suave sol de enero, otros seguían charlando y algunos se habían acercado a las últimas casas de un pueblo, próximas a aquella playa, para buscar algún bar donde tomar una bica, ese típico café portugués fuerte servido en una taza muy pequeña. En aquel lugar las olas habían ido depositando restos de conchas, algas y pequeñas piedras, formándose una franja más o menos uniforme a lo largo de aquella playa. Yo paseé durante un rato cerca del agua y distraídamente comenzé a recoger diminutas caracolas y piedrecillas de mi agrado, con la intención de ponerlas en el cuarto de baño, sobre alguna fuente de esas planas que imitan el vidrio rústico y venden en el “todo a cien” . En un momento dado se me acercaron las dos chicas profesoras y una de ellas, me regaló una oreja de mar (Haliotis Fulgens) que acababa de encontrar, con su interior bellamente irisado. Y casualmente al rato, apareció Ángela para darme una piedra muy blanca y extraordinariamente redonda. Me pareció un gesto amable por su parte y les agradecí el detalle sinceramente. Me había resultado curioso que aquellas chicas, sin ponerse de acuerdo, hubieran coincicido para añadir una pieza a mi colección.

Pensaba en esta anécdota trivial y me daba cuenta una vez más de la cantidad de gente que pasa por tu vida en un momento determinado, con quien compartes algo puntual y luego cada uno sigue su camino como si nada. Y se me ocurría que un gesto amable, es casi siempre posible, aunque uno no sea generosamente amable todo el tiempo. Un acto voluntario, puntual y libre.

No he vuelto a encontrarme nunca más con ellas pero cuando miro la oreja de mar y la piedra blanca me acuerdo de aquellas chicas y pienso que la amabilidad es, con mucho, lo que más me hace recordar a las personas que he conocido y ya no están.
M.G.