Cae la tarde en mi habitación de un hotel en Bilbao. He peregrinado una vez más, pero esta vez lo hemos hecho con una agencia, un grupo de 22 personas más el guía. Con mochila ligera, durmiendo en hoteles y descansando bien; supongo que me hago mayor. Escucho música a través de Spotify en mi portátil y a los vencejos que revolotean por el cielo azul sin mácula, no habitual por aquí. Sospecho que las expectativas del amigo que venía conmigo no se han cumplido, lo que me hace sentir un poco incómoda. Esta noche he quedado con una amiga que vive en Bilbao y conocí haciendo el camino francés el verano de 2006… durmiendo en albergues, con la pesada mochila a cuestas donde llevábamos todo lo que necesitábamos para vivir aquellos días, levantándonos de noche para aprovechar las horas sin calor. Fue muy divertido compartir camino con el grupo que formamos aquel año. Aún recuerdo aquella gloriosa velada de comida y sobremesa en el albergue privado en Torres del Río que preparó Ander: ensalada, pasta con beicon y nata, y vino peleón. Risas fáciles y camaradería. Algunos hemos mantenido el contacto. Otros ya siguieron sus vidas y no coincidiremos jamás, seguramente. Aunque eso quién lo sabe.
M.G.
