Durante muchos años compartí con Aafke mi camino secreto hasta el mar. Ya no me acuerdo por qué motivo dejé de bajar con ella; creo que comenzó a mostrarse renuente a venir conmigo, tal vez temerosa de Asterión por el hecho de encontrarle varias veces sentado en la terraza del huerto, mirando al mar, cuando nosotras volvíamos de nuestro periplo por los acantilados. Creo que sospechaba de que estuviéramos tramando alguna forma de escapar de la isla evitando el laberinto. No sé, no recuerdo con exactitud. Han pasado siglos.
En cambio, me acuerdo perfectamente de otros detalles. El camino me lo había enseñado Tanae, el último verano antes de desaparecer; como quien hace una ofrenda de despedida, un regalo para el recuerdo. Es posible que ella se atreviera a trepar por las rocas hasta descubrir alguna forma de llegar al otro extremo de la isla, más allá del laberinto, o que se despeñara en el intento, para acabar ahogada. Qué hermosa amistad mantuvimos desde la misma llegada a la isla. Más de una vez evitamos la violencia de Asterión gracias a los bebedizos que le añadía al vino, con el que le adormeciámos cuando se mostraba colérico por algo. Tanae leía el futuro en las estrellas y conocía los poderes de algunas hierbas. Era muy habilidosa con el hilo y los útiles para trabajar la madera. A menudo nos divertía inventando ingeniosos juegos de palabras y hermosas rimas.
He de admitir que pese a la inteligencia y sensibilidad de Tanae, Aafke perfeccionó después el sistema de bajada por la pared primera del camino secreto hasta el mar. Se le ocurrió que podíamos anudarle a las cuerdas que trenzábamos unas pocas piedras escogidas de forma redondeada, para poder agarrarnos mejor y salvar con mayor sensación de seguridad ese primer tramo de mayor pendiente.
Para bajar hasta el mar, hay dos momentos verdaderamente difíciles: el primero consiste en deslizarse a pulso los primeros pasos por la pared agarrando la cuerda que hay que anclar previamente en la grieta de una roca concreta, hasta el primer punto de apoyo en el que hay que colocar el pie izquierdo para luego, con el derecho, más diestro, llegar hasta el siguiente hueco en la piedra, muy pequeño, para continuar después más fácilmente, con menor pendiente y muchos puntos de apoyo. El segundo, hacia el final de lo que puede vislumbrarse desde arriba, y ya sin cuerda, consiste en apoyarse con las dos manos fuertemente y un solo pie para después soltarse inevitablemente y deslizarse muy despacio pegada a la roca, poco más de dos cuartas, hasta caer de pie sobre una zona al fin segura. Al volver, en la subida, éste último paso es más sencillo, pero con respecto al primero, siempre temo que la cuerda haya desaparecido.
Después, hay que dar unos pocos pasos sin cruzar los pies, por una grieta que ofrece una alargada y estrecha plataforma, apoyando el cuerpo en la roca para eludir el vértigo, hasta llegar a la parte que ya no se ve desde arriba, a partir de la cual, un niño pequeño podría continuar hasta la hermosa y pequeña playa donde es posible darse, por fin, un merecido baño. Yo sigo bajando al menos una vez todos los veranos, pero en soledad todo es distinto.
No tengo palabras para describir lo que sentíamos cuando al flotar en el agua, recuperábamos nuestra condición mortal. Pero sí puedo decir que, todavía hoy, cuando me adentro nadando en el mar en calma y miro atrás, siento un creciente y peligroso deseo de ver la pequeña playa cada vez más y más lejana.
En cambio, me acuerdo perfectamente de otros detalles. El camino me lo había enseñado Tanae, el último verano antes de desaparecer; como quien hace una ofrenda de despedida, un regalo para el recuerdo. Es posible que ella se atreviera a trepar por las rocas hasta descubrir alguna forma de llegar al otro extremo de la isla, más allá del laberinto, o que se despeñara en el intento, para acabar ahogada. Qué hermosa amistad mantuvimos desde la misma llegada a la isla. Más de una vez evitamos la violencia de Asterión gracias a los bebedizos que le añadía al vino, con el que le adormeciámos cuando se mostraba colérico por algo. Tanae leía el futuro en las estrellas y conocía los poderes de algunas hierbas. Era muy habilidosa con el hilo y los útiles para trabajar la madera. A menudo nos divertía inventando ingeniosos juegos de palabras y hermosas rimas.
He de admitir que pese a la inteligencia y sensibilidad de Tanae, Aafke perfeccionó después el sistema de bajada por la pared primera del camino secreto hasta el mar. Se le ocurrió que podíamos anudarle a las cuerdas que trenzábamos unas pocas piedras escogidas de forma redondeada, para poder agarrarnos mejor y salvar con mayor sensación de seguridad ese primer tramo de mayor pendiente.
Para bajar hasta el mar, hay dos momentos verdaderamente difíciles: el primero consiste en deslizarse a pulso los primeros pasos por la pared agarrando la cuerda que hay que anclar previamente en la grieta de una roca concreta, hasta el primer punto de apoyo en el que hay que colocar el pie izquierdo para luego, con el derecho, más diestro, llegar hasta el siguiente hueco en la piedra, muy pequeño, para continuar después más fácilmente, con menor pendiente y muchos puntos de apoyo. El segundo, hacia el final de lo que puede vislumbrarse desde arriba, y ya sin cuerda, consiste en apoyarse con las dos manos fuertemente y un solo pie para después soltarse inevitablemente y deslizarse muy despacio pegada a la roca, poco más de dos cuartas, hasta caer de pie sobre una zona al fin segura. Al volver, en la subida, éste último paso es más sencillo, pero con respecto al primero, siempre temo que la cuerda haya desaparecido.
Después, hay que dar unos pocos pasos sin cruzar los pies, por una grieta que ofrece una alargada y estrecha plataforma, apoyando el cuerpo en la roca para eludir el vértigo, hasta llegar a la parte que ya no se ve desde arriba, a partir de la cual, un niño pequeño podría continuar hasta la hermosa y pequeña playa donde es posible darse, por fin, un merecido baño. Yo sigo bajando al menos una vez todos los veranos, pero en soledad todo es distinto.
No tengo palabras para describir lo que sentíamos cuando al flotar en el agua, recuperábamos nuestra condición mortal. Pero sí puedo decir que, todavía hoy, cuando me adentro nadando en el mar en calma y miro atrás, siento un creciente y peligroso deseo de ver la pequeña playa cada vez más y más lejana.
M. G.
