Hoy he llevado al viejo a la consulta de la próstata. ¿Cómo puede ser que me enternezca tanto algunas veces y otras llegue yo a creer que lo odio?
Le costaba entrar en el taxi, y luego cuando ya sólo le faltaba meter el pie derecho, le pregunté al taxista si le importaba que me sentara adelante con él, porque al viejo le costaría desplazarse por el asiento para que me pusiera a su lado; los dos atrás. No consiguió atarse el cinturón de seguridad, ni yo pude ayudarle desde mi asiento. Así que, ante el ajetreo que nos traíamos, dijo el taxista al fin: .-Pues que se lo ponga por encima, y lo sujete con la mano, por si le ve la policía.- Después continuamos la carrera hasta el Hospital bajo un cielo azul sin mácula y un calor insoportable con estas ropas ya de invierno, aunque no me atreví a bajar la ventanilla.
Entonces recordé una de las últimas veces que salió de alta del Hospital, hará un año, que era un día como hoy, con un cielo azul maravilloso y un calor impropio del otoño avanzado. Tal vez fuera invierno, y decía: .- ¡qué bonita es la vida! Sobre todo cuando eres joven y estás sano.-
Hemos esperado una hora a que le atendieran y charlábamos de vez en cuando en la sala de espera. Alguna vez le hacía reir. Después dentro de la consulta, ha exagerado un par de veces y la auxiliar se reía con él: que se levantaba a orinar por lo menos veinte veces por la noche. Y que cuando era joven subía los peldaños de las escaleras de cuatro en cuatro. Es especialmente simpático con las mujeres jóvenes. Una vez le llamé al orden con cariño porque estaba vacilando a la recepcionista en la notaría, allí mismo con mi madre delante, y exclamó: - ¡coño! Estoy viejo, pero no muerto. – La primera que se tronchaba de la risa era mi madre.
Luego hemos vuelto a casa, contentos porque todo está estable. La PSA sigue marcando valores similares a los de siempre. Yamila nos había preparado el pescado con patatas que tanto me gusta, y como mi sobrino nos ha dado plantón, hemos acordado dejarle su ración para mañana, que sí vendría. Ha dicho. Hemos estado mirando en el libro de instrucciones cómo funciona el microondas que mi padre compró hace años y no se ha usado porque los mandos son digitales y nunca aprendieron a manejarlo. Y menos mi madre, claro, con Alzheimer. Le he dibujado un esquema a Yamila con los tres pasos para calentar un plato de comida en él. Después he plastificado el papelito, forrándolo con cinta de celofán y lo he puesto en la puerta del frigorífico con un imán. Esto de los carteles funciona. Hay algunos cartelitos de estos por la casa. Son útiles. Funcionamiento de electrodomésticos, dosis de medicación, el menú semanal, teléfonos de interés para casos de emergencia, etc…
En fin. La verdad, es que la vida se va sucediendo y las cosas se van viendo día a día. A veces uno teme mucho al futuro y sufre mucho más imaginando situaciones que en el manejo real de lo cotidiano.
Al final, para que todo funcione, me atrevería a decir que vale la fórmula resumida de: trabajo + cariño.
Hoy todo me parece sencillo.
Le costaba entrar en el taxi, y luego cuando ya sólo le faltaba meter el pie derecho, le pregunté al taxista si le importaba que me sentara adelante con él, porque al viejo le costaría desplazarse por el asiento para que me pusiera a su lado; los dos atrás. No consiguió atarse el cinturón de seguridad, ni yo pude ayudarle desde mi asiento. Así que, ante el ajetreo que nos traíamos, dijo el taxista al fin: .-Pues que se lo ponga por encima, y lo sujete con la mano, por si le ve la policía.- Después continuamos la carrera hasta el Hospital bajo un cielo azul sin mácula y un calor insoportable con estas ropas ya de invierno, aunque no me atreví a bajar la ventanilla.
Entonces recordé una de las últimas veces que salió de alta del Hospital, hará un año, que era un día como hoy, con un cielo azul maravilloso y un calor impropio del otoño avanzado. Tal vez fuera invierno, y decía: .- ¡qué bonita es la vida! Sobre todo cuando eres joven y estás sano.-
Hemos esperado una hora a que le atendieran y charlábamos de vez en cuando en la sala de espera. Alguna vez le hacía reir. Después dentro de la consulta, ha exagerado un par de veces y la auxiliar se reía con él: que se levantaba a orinar por lo menos veinte veces por la noche. Y que cuando era joven subía los peldaños de las escaleras de cuatro en cuatro. Es especialmente simpático con las mujeres jóvenes. Una vez le llamé al orden con cariño porque estaba vacilando a la recepcionista en la notaría, allí mismo con mi madre delante, y exclamó: - ¡coño! Estoy viejo, pero no muerto. – La primera que se tronchaba de la risa era mi madre.
Luego hemos vuelto a casa, contentos porque todo está estable. La PSA sigue marcando valores similares a los de siempre. Yamila nos había preparado el pescado con patatas que tanto me gusta, y como mi sobrino nos ha dado plantón, hemos acordado dejarle su ración para mañana, que sí vendría. Ha dicho. Hemos estado mirando en el libro de instrucciones cómo funciona el microondas que mi padre compró hace años y no se ha usado porque los mandos son digitales y nunca aprendieron a manejarlo. Y menos mi madre, claro, con Alzheimer. Le he dibujado un esquema a Yamila con los tres pasos para calentar un plato de comida en él. Después he plastificado el papelito, forrándolo con cinta de celofán y lo he puesto en la puerta del frigorífico con un imán. Esto de los carteles funciona. Hay algunos cartelitos de estos por la casa. Son útiles. Funcionamiento de electrodomésticos, dosis de medicación, el menú semanal, teléfonos de interés para casos de emergencia, etc…
En fin. La verdad, es que la vida se va sucediendo y las cosas se van viendo día a día. A veces uno teme mucho al futuro y sufre mucho más imaginando situaciones que en el manejo real de lo cotidiano.
Al final, para que todo funcione, me atrevería a decir que vale la fórmula resumida de: trabajo + cariño.
Hoy todo me parece sencillo.