Camino Sanabrés - Agosto/2008
Otoño. El primer otoño sin el viejo.
Mi madre se sienta en el sillón junto a la terraza. El sol entra por los cristales descorridas las cortinas, y ella dormita entre suspiros de dolor y nostalgia. A menudo le llevo las mismas revistas que hojea como si fueran nuevas cada vez que se las muestro. Ventajas del Alzheimer.
Convivir con ella es aprender paciencia. Sintonizar con otros ritmos, con otras prioridades. Olvidar algunas urgencias e inquietudes propias. A veces es verdaderamente difícil, otras siento aquí una paz infinita. El balance, por ahora, no supone un sacrificio en absoluto.
He abierto mi portátil sobre una mesa de ordenador que rescaté del trastero de mi apartamento y he montado aquí, frente a la ventana, en el cuarto de mi infancia de la casa de mis padres. En la balda de abajo, están las cosas de mi hermana, con las que se entretiene cuando es ella quien se queda. La floreada bolsa de tela con sus preciosas labores de punto de cruz. Sus libros. Las chanclas que usa para andar por casa, con brillantitos.
En fin. Hemos conseguido fluir en armonía con las nuevas circunstancias.
Si el viejo pudiera vernos, estaría satisfecho de nosotras.
Mi madre se sienta en el sillón junto a la terraza. El sol entra por los cristales descorridas las cortinas, y ella dormita entre suspiros de dolor y nostalgia. A menudo le llevo las mismas revistas que hojea como si fueran nuevas cada vez que se las muestro. Ventajas del Alzheimer.
Convivir con ella es aprender paciencia. Sintonizar con otros ritmos, con otras prioridades. Olvidar algunas urgencias e inquietudes propias. A veces es verdaderamente difícil, otras siento aquí una paz infinita. El balance, por ahora, no supone un sacrificio en absoluto.
He abierto mi portátil sobre una mesa de ordenador que rescaté del trastero de mi apartamento y he montado aquí, frente a la ventana, en el cuarto de mi infancia de la casa de mis padres. En la balda de abajo, están las cosas de mi hermana, con las que se entretiene cuando es ella quien se queda. La floreada bolsa de tela con sus preciosas labores de punto de cruz. Sus libros. Las chanclas que usa para andar por casa, con brillantitos.
En fin. Hemos conseguido fluir en armonía con las nuevas circunstancias.
Si el viejo pudiera vernos, estaría satisfecho de nosotras.
M.G.