"Expectations" Alma Tadea 1885
Por entonces, llevábamos años muy abandonadas, y ese ánimo se había generalizado entre las seis. No me atrevería a aseverar que queríamos morir, pero sí creo que no nos importaba. El hecho es que, durante demasiado tiempo ya, el tedio de vivir se había apoderado de nosotras. No deseábamos ni esperábamos nada de la vida y habíamos perdido la voluntad. En el invierno llegábamos a hibernar durante semanas enteras tumbadas y pegadas unas a otras bajo las pieles. La desidia nos llevaba a optar por el hambre, la sed y no hacer nada, a tener que salir afuera y conseguir alimento, pues al llevar siglos con la consciencia de nuestra inmortalidad, habíamos perdido el instinto de supervivencia, y por ello, el frío, el calor, el hambre, la sed y el dolor se sentían de una manera extrañamente soportable que me costaría explicar. Nuestros cuerpos se mantenían igual, pero nuestras mentes, o mejor dicho, nuestro pensamiento se pudría.
Sabíamos que esto tarde o temprano cambiaría porque todos nuestros estados anímicos eran mutables aunque durasen mucho, mucho tiempo. Había años que incluso coincidíamos la mayoría en un modo de estar relativamente feliz, y entonces volvíamos a sentirnos parte de un todo: la leyenda del Minotauro. Recuperábamos actitudes como la sociabilidad, el amor, la sensualidad, los celos, la envidia, el rencor, el perdón, el instinto de poder, incluso de jerarquía entre nosotras. Hacíamos cosas que los mortales hacen: comíamos, conversábamos, nos complacíamos en la belleza de una puesta de sol, nos aseábamos y acicalábamos, cantábamos, practicábamos sexo (incluso le buscábamos nosotras a él en lugar de esperar nuestro día), reorganizábamos el huerto, tejíamos, modelábamos el barro y lo cocíamos. No es posible imaginar lo que, con la práctica de la artesanía, se puede llegar a crear dada la necesidad de ocupar un tiempo inacabable. Adoptábamos nuevamente rutinas y costumbres. Manías. En una palabra: volvíamos a sentir como personas. De alguna forma que no alcanzo a entender, tarde o temprano, acabábamos recuperando siempre una humanidad casi normal, instando y animando a las que se mostraban más dejadas y tediosas. De hecho, nunca olvidábamos el lenguaje, aunque estuviéramos años sin practicarlo...
M.G.
Por entonces, llevábamos años muy abandonadas, y ese ánimo se había generalizado entre las seis. No me atrevería a aseverar que queríamos morir, pero sí creo que no nos importaba. El hecho es que, durante demasiado tiempo ya, el tedio de vivir se había apoderado de nosotras. No deseábamos ni esperábamos nada de la vida y habíamos perdido la voluntad. En el invierno llegábamos a hibernar durante semanas enteras tumbadas y pegadas unas a otras bajo las pieles. La desidia nos llevaba a optar por el hambre, la sed y no hacer nada, a tener que salir afuera y conseguir alimento, pues al llevar siglos con la consciencia de nuestra inmortalidad, habíamos perdido el instinto de supervivencia, y por ello, el frío, el calor, el hambre, la sed y el dolor se sentían de una manera extrañamente soportable que me costaría explicar. Nuestros cuerpos se mantenían igual, pero nuestras mentes, o mejor dicho, nuestro pensamiento se pudría.
Sabíamos que esto tarde o temprano cambiaría porque todos nuestros estados anímicos eran mutables aunque durasen mucho, mucho tiempo. Había años que incluso coincidíamos la mayoría en un modo de estar relativamente feliz, y entonces volvíamos a sentirnos parte de un todo: la leyenda del Minotauro. Recuperábamos actitudes como la sociabilidad, el amor, la sensualidad, los celos, la envidia, el rencor, el perdón, el instinto de poder, incluso de jerarquía entre nosotras. Hacíamos cosas que los mortales hacen: comíamos, conversábamos, nos complacíamos en la belleza de una puesta de sol, nos aseábamos y acicalábamos, cantábamos, practicábamos sexo (incluso le buscábamos nosotras a él en lugar de esperar nuestro día), reorganizábamos el huerto, tejíamos, modelábamos el barro y lo cocíamos. No es posible imaginar lo que, con la práctica de la artesanía, se puede llegar a crear dada la necesidad de ocupar un tiempo inacabable. Adoptábamos nuevamente rutinas y costumbres. Manías. En una palabra: volvíamos a sentir como personas. De alguna forma que no alcanzo a entender, tarde o temprano, acabábamos recuperando siempre una humanidad casi normal, instando y animando a las que se mostraban más dejadas y tediosas. De hecho, nunca olvidábamos el lenguaje, aunque estuviéramos años sin practicarlo...
M.G.
